Apr 22, 2014

El día que conocí a “Gabo”

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Por Rafael A Ugalde Q.

Corría la mitad de los ochenta y La Habana, Cuba, era un hervidero de periodistas, economistas e intelectuales que sosteníamos (aún lo sostengo) que la deuda externa de América Latina y el Caribe resultaba a todas luces inmoral cobrarla, en la medida que habían sido las dictaduras militares y sus  clases corruptas quienes endeudaron y empobrecieron a estos pueblos. El suscrito seguía anclado en los grandes escritores románticos leídos en el colegio  José Martí,  como Jorge Isaac, aunque de vez en cuando le “entraba” a la literatura psicológica de Horacio Quiroga,  costumbrista de Ricardo Guiraldes y a la obra que me hizo más periodista: Reportaje al “Pie de la horca”, del checo Julius Fucik.

Fue el  escritor nacional y ex director de mi querido Semanario Universidad, Carlos Morales, el que una vez –creo que él ni cuenta se dio– me metió en eso del “realismo mágico” de Gabriel García Márquez con una obra para periodistas  llamada “Crónica de una muerte anunciada” que,  sin que él se enterara, me fui a buscar calladito a la librería del siempre recordado Dante, el librero frente a la Biblioteca Carlos Monge Alfaro más generoso que he conocido. “Me la paga a fin de mes”, me dijo Dante,  mientras absorbía su acostumbrado mate.

Después, ya ustedes saben, vino la curiosidad por “Cien años de soledad”, “El coronel no tiene quien le escriba”, La Hojarasca”, etc. Cuento esto porque a pesar de que “Gabo” estaba allá en su Colombia natal, México, Cuba, o que sé yo, siempre lo sentí cercano –quizá por la vena latinoamericana, tal vez por su posición a favor de las causas justas, lo ignoro pero lo sentí cercano– más cercano que muchos de los escritores costarricenses; sin embargo, nunca me imaginé conocerlo en el  ascensor de un hotel del Vedado.

Lo recuerdo como ayer. Un jaquet “roquera” desteñida, pantalones de vaquero con remaches metálicos en las bolsas de atrás, lentes con aros plásticos nada finos, un bigote blancuzco y una sonrisa socarrona, jocosa, cuando ingenuamente le pregunté “sí usted es García Márquez, el de Crónica…” Y no me dejó terminar. Más me sorprendió cuando coloquialmente me contó que venía de conversar  on el comandante Fidel,  amigo, amigo de verdad, del líder cubano.

“No es raro, añadió,  que aparezca por acá a las dos de la madrugada”, cómo sondeándome que lo decía. Me terminó de azurumbar cuando en el umbral de su aposento, contiguo al mío, me puso una mano en el hombro como si fuera un abuelito lleno de energía y me dijo con total humildad que en lo que él pudiera ayudarme contara con su persona, como si aquellos pocos segundos en el ascensor  hubieren confirmado un viejo vínculo. 

Pues, me dijo en tono coloquial,  para eso somos colegas, usted muy joven, yo más viejo y, además, no olvide amigo, vecinos transitorios. Y se echó una risilla.

En la noche del día siguiente el asombro por aquel gigante casi se hace incontrolable cuando  comenzó  a  una improvisada “confesión” que hoy sigo sin explicarme. El apenas sabía que era un párvulo periodista y trabajaba como corresponsal de prensa, pues portaba un gafete  bastante visible azul y rojo en el pecho y de él vagamente conocía que años atrás había laborado con la misma agencia de noticias. ¿Qué hace el vejote Joaquín Gutiérrez?, ¿Qué pasó con la vida de la valiente muchacha que desafió a los de la OEA en San José (Virginia Grutter), ¿Y del poeta Chase?, ¿Qué hace doña Carmen (Naranjo)? Supe después que Joaquín colaboró en su momento con Prensa Latina, que a Chase lo conocía el Ministro de Cultura Armando Hart y que a la Grutter casi nos la quitan los cubanos dándole la nacionalidad por sus aportes a la cultura, durante sus años mozos en La Habana.

Aunque hoy sigo sospechando que esta ráfaga de preguntas estaba encaminada  a cerciorarse si conocía “algo” de algunos  escritores nacionales  que “Gabo” conocía,  me impresionó sobremanera hasta hoy, cuando lo despido en silencio y a la distancia,  su apertura ante un ingenuo periodista que no se le ocurrió entrevistarlo, mas acaté solo diciéndole que eran mis primeras armas como corresponsal en la misma agencia en la cual él fue corresponsal. “Ah caray”, dijo, como extrañado de que todos los corresponsales  de Prensa Latina conoceríamos al dedillo los aportes suyos a aquel sueño de la Revolución Cubana, de ayudar a romper el cerco informativo en nuestro hemisferio.

Comprendí  que “Gabo” nunca había estado lejos de nosotros, que nos conocía más de la cuenta y que éramos nosotros los que nos habíamos alejado de él. Era un ser excepcional, sin protocolos, hospitalario  y profundamente humano,  como a veces encontramos a algunos periodistas cuyo quehacer y dura realidad social en que hacemos nuestro trabajo, suavizan el alma.  

Durante los días que estuve en aquel  hotel habanero solía verlo en la cafetería o nos encontrábamos, él bajando y yo subiendo al ascensor. Allí comprendí nítidamente que en la humildad radica la grandeza  de los hombres. La última noche que le vi antes de partir a San José, andaba con “corronga”, guayabera cubana beige, que casi le hacía juego con su bigotillo;  quién sabe dónde botó el  jaquet roquera . ¡Seguro nos volveremos a ver en el ascensor!

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