Dec 16, 2013

Ministerio de Ciudadanía e Identidad

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Por Bruno Peron Loureiro

Hay dificultades para definir Cultura, para circunscribir temas culturales para la formulación de políticas públicas, y de trazar objetivos duraderos de política cultural en cualquier país. En su configuración institucional actual, la política cultural brasilera permanece presa de concepciones elitistas francesas, de preservar lo mejor que la humanidad (entendida como Francia) ya produjo en términos culturales, según su primordial Ministerio de Asuntos Culturales, que se creó en 1959 y desde entonces sufrió varios cambios de nombre.

Las políticas de los ministerios del sector cultural también tienen ámbitos implícitos en otros países como el de democratización de la cultura, que significa tornar accesible a otros estratos sociales aquello que las elites entienden por Cultura (conciertos, exhibiciones artísticas, ópera, teatro, etc.)

Mientras tanto el problema mayor es el manejo presupuestario en la política ministerial para el sector de arte y cultura. Esto significa que, a despecho de los cambios de gestión, los grupos civiles que todos los años reciben incentivos estatales a sus prácticas (financiamiento y promoción de actividades, exhibiciones y proyectos) cobrarán lo mismo del Estado el año siguiente. Muchos de ellos necesitan incentivos financieros gubernamentales sin los cuales no serían autosustentables.

En ese contexto, propongo la creación del Ministerio de Ciudadanía e Identidad (MCI) en lugar del Ministerio de Cultura en el Brasil. Entiendo que los dos desafíos culturales principales en Brasil, son: aprender a convivir en la ciudad y entender a Brasil como una nueva civilización.

La mayoría de los brasileros vive en ciudades (84% según una investigación del Instituto de Geografía y Estadística referente a 2010) y la mayoría tiene conflictos de identidad, o sea, se ven como “blancos” o “negros” en lugar de simplemente “brasileros”, buscan ciudadanía española o italiana porque sus tatarabuelos inmigraron de algunos países europeos, y profanan el interés público con el ejemplo de la vida tramposa de una minoría.

Mi propuesta para este Ministerio no solo es conmemorativa o terminológica, es principalmente de formación de grupos multidisciplinarios de trabajo que orienten sus decisiones a priorizar la Cultura como direccionadora de los rumbos del país. Cultura sería entendida de este modo como un atributo humano que activa significativamente la reproducción y la transformación materiales y simbólicas de instituciones y de prácticas individuales y sociales.

Primero, parte de los proyectos del actual Ministerio de Cultura (MinC) serían redistribuidos a otros ministerios según su compatibilidad. Muchos de estos proyectos son de economía de la cultura  y comprenden el patrocinio de actividades de las industrias culturales.

Enseguida, habría la formación de un equipo altamente capacitado en áreas profesionales y disciplinas diversas del conocimiento, para discutir sobre las configuraciones, los desafíos y los rumbos culturales en Brasil. El nuevo Ministerio tendría juristas, historiadores, economistas, artistas, gestores culturales, científicos sociales y políticos, antropólogos, entre otros.

Este cambio de nombre y estructura ministeriales evidentemente no comenzaría de cero en Brasil, porque hay avances considerables en programas culturales existentes. Algunos de estos programas merecen destacarse: Consejo Nacional de Política Cultural, Más Cultura, Puntos de Cultura, Plazas de Deportes y de la Cultura, Sistema Nacional de Cultura, Usina de la Cultura, y proyectos culturales multinacionales en el Mercado Común del Sur.

La pauta del nuevo Ministerio daría también atención a los desafíos de la era digital, de las prácticas emergentes de los jóvenes, de las facilidades y desafíos de la comunicación vía Internet (como ejemplo la privacidad en el uso de la red mundial de computadores), de la convergencia digital, de la nueva concepción de patrimonio (no sólo la vinculación y conservación de edificios, sino también la preservación de lenguas y costumbres), de las industrias del entretenimiento (que son los nuevos motores de la identidad nacional, de las economías avanzadas y del turismo).

En fin, una política cultural incluyente debe acompañar los cambios políticos en Brasil, pero no solo aquellos que aparecen por presión externa (como el aumento del consumismo, la apertura de mercados, la construcción de estadios pomposos), sino aquellos que se desean para el país a fin de que las propuestas populares estimulen a las elites a reinventar la mentalidad ciudadana.

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